EL GURÚ DE LOS CUENTOS: EL ARQUERO INFALIBLE

El arquero infalible

El arquero infalible.

El rey paseaba con sus guardias por el bosque.

Llevaba su arco y sus flechas para cazar algún pájaro o algún venado pequeño.

Le gustaba salir a cazar.

De repente entra en el bosque y empieza a ver un montón de dianas pintadas en los árboles.

Casi cada árbol tenía una diana pintada con círculos concéntricos en pintura blanca.

Pero lo más llamativo era que en el centro exacto de cada diana había una flecha clavada.

Era increíble, exactamente en el centro.

El rey no salía de su asombro.

Como arquero que era sabía que era difícil acertar cada disparo.

Pero así era, en cada árbol una diana y en cada diana una flecha exactamente en el centro.

El rey mandó rápidamente averiguar quién había tirado esas flechas.

Al poco rato fue llevado ante su presencia.

Se trataba de un jovencito que tendría unos 17 o 18 años.

El rey pensaba:

“Qué futuro tiene este muchacho si ya a esta edad tiene esta precisión”.

Para chequear le preguntó:

– ¿Tú has tirado estas fechas?

– Si cada una de ellas.

– Te felicito, ¿quién te enseñó a tirar con arco y flechas?

– Mi padre dijo.

– Qué bien, ¿vive tu padre?

– No mi padre murió hace dos años.

– Y ¿puedes contarme cuál es la técnica para conseguir esta proeza?

El muchacho con mucha sencillez dijo:

– Es muy sencillo, yo tiro la flecha al árbol y cuando la fecha está en el árbol pinto alrededor la diana para que quede justo en el centro.

 

El amo con mal carácter.

Había un criado que sufría mucho por el mal carácter de su amo.

Un buen día este señor llegó a casa de muy mal humor.

Se sentó a la mesa para comer y sé impacientó al ver que el criado se retrasaba un poco al servir la comida.

Oyendo a su amo rechistar, el criado no esperó lo suficiente a que la sopa se calentara.

Por eso, el señor encontró que la sopa estaba fría.

Colérico, cogió el plato y lo lanzó por la ventana.

Entonces, el criado también lanzó por la ventana la carne, el pan, el vino, la servilleta, los cubiertos y el mantel que estaban sobre la mesa.

–¿Qué haces, temerario? –dijo el amo, poniéndose de pie de un salto, furioso.

–Discúlpeme usted, señor –respondió el criado–. Le he malinterpretado.

He creído que usted quería comer hoy en el patio.

¡Hace una temperatura tan agradable!

¡Y el cielo está tan despejado!

¡Y el jardín es tan bonito!

Mire el manzano, ¡cuán hermoso está en flor y con qué gusto buscan las abejas su alimento en él!

El amo se dio cuenta de lo que había hecho y reconoció su falta.

Se dijo a sí mismo que en adelante valoraría más las cosas.

Dio gracias interiormente al criado por la lección que le había dado.

 

Los monjes y el caracol.

Dos monjes comenzaron a discutir bajo la curiosa mirada de otro monje que por allí pasaba.

Y como eran incapaces de ponerse de acuerdo, el primero de ellos propuso acudir al gran sacerdote quien era lo bastante sabio como para decidir quién tenía razón.

Una vez delante del gran sacerdote pronunció lo siguiente:

– He salvado la vida de un caracol, preservando así una vida sagrada con miles de existencias pasadas y futuras.

El gran sacerdote lo escuchó, movió la cabeza y luego dijo:

– Has hecho lo que convenía hacer. Has obrado bien.

Indignado el segundo monje intervino:

– ¿Cómo es posible que salvar un caracol devorador de ensaladas y devastador de verduras pueda ser bueno? En tal caso nuestro huerto que nos proporciona alimento acabará por desaparecer.

Tras escuchar con atención dicho testimonio el maestro movió la cabeza y confesó:

– Es cierto. Tienes razón.

El tercer monje, quien había acudido a la tertulia para ver cuál era la respuesta correcta, reprochó confuso:

– Pero si los dos puntos de vista son diametralmente opuestos, ¿Cómo pueden tener razón los dos a la vez?

El gran sacerdote miró largamente al tercer interlocutor, reflexionó, movió la cabeza y dijo:

– Es verdad. Tú también tienes razón.


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